Cuando llegamos a casa ya estaba tocando. De los compases de la música intuimos que estaba alegre. Se veían más allá de los cristales las figuras verdosas que tanto la inspiraban. Se sentía en el aire el olor a teclas de piano, y yo sentía en mis profundidades el tacto a distancia de su vestido, el de color difuminado, el de una sola pieza, el que un día arrugué hasta arriba.
Nunca me llegó a gustar esa sala. Demasiado grande para sensaciones tan frágiles. En primavera respiraba profundamente antes de entrar, pero una vez que había entrado me quedaba pequeño; incluso me bailaban los zapatos en su intento vano de sujetarme los pies, que se movían al compás de lo que tocara ella.
Y en verano... en verano ya no había clases. Le llevaba un tocadiscos y nos poníamos a bailar. Pero yo sabía que después de los tramos interminables de escaleras de su casa, a metros de altura de la calle, estaría yo después solo sin saber qué hacer sin ella. Bailar no me servía de nada; sólo para adorarla.
Pero un día escuché una conversación. Un señor forzudo y con anteojos, con aspecto de domador de leones en un circo y con voz de gigante de los cuentos de leyenda, hablaba con un señor pequeño, que iba vestido de traje de etiqueta y tenía un minñusculo bigote, aparte de que iba perfectamente repeinado hacia atrás con gomina. Dijeron algo sobre ella que me hizo sentir en la cara un pinchazo interminable: que lo mejor sería mandarla fuera.
Nunca quise preguntarle de dónde era. Su acento afrancesado no le impedía expresarse en un español perfecto, y cuando le hacía preguntas notaba que su mejor respuesta era callarse, sobre todo porque la baronesa estaba siempre rondando el salón.
Qué personaje, la baronesa. Con más de concuenta años y vestida siempre de negro, había protagonizado películas mudas y ahora era diva de un pintor que además controlaba todo el latifundio. Cada vez que me veía aparecer, a la baronesa se le cambiaba el semblante. Se colocaba un único y ridículo cristal en un ojo, se ponía recta y me saludaba con una sonrisa que nunca se abría por completo. Luego, con un mantón negro que hacía de ala, extendía su brazo para ofrecerme mi sillón habitual al lado de ella.
Ella siempre tenía un vaso de agua encima del piano. Agua con gas. Y las partituras. Y un cuaderno con pentagramas vacíos.
Todo eso era al principio. Un día, yo había llegado por casualidad montado en mi caballo. Quería entrevistar a la baronesa para que permitiera a nuestra fundación utilizar sus películas como forma de darnos a conocer. Pero el caballo se volvió loco, me tiró al jardín y me golpeé la cabeza con una de las estatuas. Cuando desperté, Sara Owerleigh me estaba cuidando mientras se reía a carcajadas. Aquel día me contó que la baronesa se había enfurecido al verme llegar, y que ella misma había activado el mecanismo para que todas las avispas del jardín salieran a atacar a mi caballo. Sólo le picaron dos o tres, y cuando la baronesa se dio cuenta de quién era yo, es decir, cuando se dio cuenta de que yo no era mi padre, se arrepintió y, entre sollozos, quiso detener al caballo. Pero ya era demasiado tarde. Y me quiso compensar.
Una de las mejores películas de la baronesa, cuyo título traduzco como "La impertinencia de Madame Vismal", contaba mi propia historia. Pero yo no lo sabía. Ni Sara tampoco. La baronesa, conocida en todo el mundo por sus poderes de adivinación, había grabado en los años veinte del siglo veinte una película sometida a un profundo trance hipnótico. Con el tiempo se ha sabido que muchas películas mudas se grabaron así. En aquella ocasión algo falló: en lugar de crear en la artista una regresión al pasado, útil para expresar sentimientos relacionados con su primera juventud, lo que se le provocó fue una aproximación al futuro. No me pregunten cómo.
Les seguiré contando más tarde. Aquí llega otra vez la baronesa. Pero ahora estamos en Alemania. Bueno, cualquiera podría llamarlo Alemania, pero...
lunes, 9 de julio de 2012
domingo, 19 de junio de 2011
Simpáticos pájaros
En las selvas remotas de La Gran Víbora, casi escondidos en cuevas que ni salen en los mapas, viven unos pájaros de colores cuyo misterio he descubierto yo hace poco.
Todo ocurrió cuando sobrevolábamos en uno de los helicópteros de la compañía. ¡Sí: aquéllos que casi no vuelan, que tienen hélices que parecen siempre a punto de detenerse!
Lidia viajaba con nosotros. Yo llevaba ya dos noches y dos días sin dormir, y Dimitri más de tres. Su barba, espesa y misteriosamente brillante, se movía temblorosa mientras decía: "Tagoba, me lo dijo Tagoba, y como me lo dijo Tagoba tiene que ser verdad".
Después de tres noches sin dormir y adentrándose en la cuarta, entre las frases que repetía de forma casi delirante estaba ésa. Según él, un tal Tagoba le había prometido que en La Gran Víbora era donde estaba el artilugio: esa verdadera isla flotante que se elevaba en el cielo, y donde los que entraran podrían gobernar el tiempo como si fuera el cuadro de mandos de una nave espacial.
Yo era todavía muy joven para desdeñar las aventuras, y por eso fui gustoso a la expedición.
Bueno, en realidad me convenció Lidia.
Un día, estaba yo en el museo Sístole-Diástole admirando las "Fechorías Galácticas" de Fischer Pavel II. ¡Óleos de astronaves, invasiones espaciales, OVNIs, polvos cósmicos! ¡Ufff, estaba flipando, y no me podía creer lo que estaba viendo. Tanto, que cuando de repente vino hacia mí una chica rubia, con melena corta y andares medio aristocráticos con su falda blanca casi amarilla (Lidia), no os podéis imaginar el grito que di. ¡Y a ella la asusté, desde luego que la asusté! De un salto dio media vuelta y se marchó corriendo. Yo me quedé perplejo, alucinando de cómo había pensado que ella era la extraña entre tanto extraterrestre, y de repente, en un golpe de calor que me llenó la cara, me empecé a reír solo.
Pero no hizo falta que siguiera solo, ya que oí como ella lloraba de risa en la sala contigua, la de Mohammad Culad y su "Filología de la Memoria", con las piernas desesperadamente cruzadas y los ojos muy abiertos, con lágrimas por toda la cara.
En esos días yo llevaba gruesas patillas, y tenía el pelo crecido tanto a lo alto como a lo ancho. Me gustaba el whisky y escuchaba música "fanta" japonesa, con la que me creo que son gatos en celo los que cantan. Me pasaba horas componiendo música, y me encarraba en hoteles de mar o de montaña para preparar mis creaciones, que firmaba con el pseudónimo de Saco en Movimiento. Por supuesto, toda mi música sonaba en vinilo, que era el formato con el que crecí envuelto en sonido.
Bueno, Lidia y yo nos acercamos mutuamente sin parar de reír, y su primera broma fue: "¿Te habrías asustado menos si hubieras visto pájaros de colores por encima de tu cabeza?",
Unos días después, en el night club silencioso La Paliza, entre escenas de un erotismo casi adolescente, fue cuando Lidia me dijo que esos pájaros existían, pero en una isla cuya existencia se dudaba.
Yo le pregunté que cómo era posible eso; si la isla no existía, ¿cómo iban a existir los pájaros? En lugar de responderme, tras rebuscar en su bolso me ofreció el folleto de la promoción para ir en helicóptero al Gran Oeste Galáctico. Estaba borracho, y firmé un papel lleno de líneas que resultaron ser la letra pequeña de un contrato de exploración a tiempo real, "sin incluir opción supercuerda". ¿Os imagináis como me reí cuando, a la mañana siguiente, tras despertarme y prepararme el desayuno, me encontré con el contrato en las manos?
La cuestión es que era un verdadero contrato, y ahora llevaba dos días sin dormir en un helicóptero donde el conductor, que era Dimitri, parecía invencible tras los mandos.
Al llegar a cierto punto de las montañas descubrimos que todo era rojo: ¡era como estar envuelto en pólvora o azufre! Y flotaban cosas en el aire. Había moléculas de polvo que no eran moléculas, sino arañas casi invisibles que no parecían necesitar sus telas. Había también sonidos, pero desgarradores. Venían de gargantas que parecían humanas, pero a la vez sonaban como máquinas. Un descubrimiento para los sentidos.
¡Ja, pero menuda sorpresa nos llevamos cuando unos seres verdes nos salieron al paso besando la tierra, sonriendo con los ojos y diciéndose unos a otros rumores al oído!
¡Qué fuerte!: nos tendieron una alfombra roja por el suelo y nos dijeron: "¡¡Como en Hollywood!!", todos juntos al unísono. Como no sabíamos qué hacer, en parte porque creíamos que los días sin dormir nos estaban afectando, ¡se acercó uno de los seres, que iba con corbata por encima de la piel, y con voz de actor de cine nos dio paso a su galería!...
...
Todo ocurrió cuando sobrevolábamos en uno de los helicópteros de la compañía. ¡Sí: aquéllos que casi no vuelan, que tienen hélices que parecen siempre a punto de detenerse!
Lidia viajaba con nosotros. Yo llevaba ya dos noches y dos días sin dormir, y Dimitri más de tres. Su barba, espesa y misteriosamente brillante, se movía temblorosa mientras decía: "Tagoba, me lo dijo Tagoba, y como me lo dijo Tagoba tiene que ser verdad".
Después de tres noches sin dormir y adentrándose en la cuarta, entre las frases que repetía de forma casi delirante estaba ésa. Según él, un tal Tagoba le había prometido que en La Gran Víbora era donde estaba el artilugio: esa verdadera isla flotante que se elevaba en el cielo, y donde los que entraran podrían gobernar el tiempo como si fuera el cuadro de mandos de una nave espacial.
Yo era todavía muy joven para desdeñar las aventuras, y por eso fui gustoso a la expedición.
Bueno, en realidad me convenció Lidia.
Un día, estaba yo en el museo Sístole-Diástole admirando las "Fechorías Galácticas" de Fischer Pavel II. ¡Óleos de astronaves, invasiones espaciales, OVNIs, polvos cósmicos! ¡Ufff, estaba flipando, y no me podía creer lo que estaba viendo. Tanto, que cuando de repente vino hacia mí una chica rubia, con melena corta y andares medio aristocráticos con su falda blanca casi amarilla (Lidia), no os podéis imaginar el grito que di. ¡Y a ella la asusté, desde luego que la asusté! De un salto dio media vuelta y se marchó corriendo. Yo me quedé perplejo, alucinando de cómo había pensado que ella era la extraña entre tanto extraterrestre, y de repente, en un golpe de calor que me llenó la cara, me empecé a reír solo.
Pero no hizo falta que siguiera solo, ya que oí como ella lloraba de risa en la sala contigua, la de Mohammad Culad y su "Filología de la Memoria", con las piernas desesperadamente cruzadas y los ojos muy abiertos, con lágrimas por toda la cara.
En esos días yo llevaba gruesas patillas, y tenía el pelo crecido tanto a lo alto como a lo ancho. Me gustaba el whisky y escuchaba música "fanta" japonesa, con la que me creo que son gatos en celo los que cantan. Me pasaba horas componiendo música, y me encarraba en hoteles de mar o de montaña para preparar mis creaciones, que firmaba con el pseudónimo de Saco en Movimiento. Por supuesto, toda mi música sonaba en vinilo, que era el formato con el que crecí envuelto en sonido.
Bueno, Lidia y yo nos acercamos mutuamente sin parar de reír, y su primera broma fue: "¿Te habrías asustado menos si hubieras visto pájaros de colores por encima de tu cabeza?",
Unos días después, en el night club silencioso La Paliza, entre escenas de un erotismo casi adolescente, fue cuando Lidia me dijo que esos pájaros existían, pero en una isla cuya existencia se dudaba.
Yo le pregunté que cómo era posible eso; si la isla no existía, ¿cómo iban a existir los pájaros? En lugar de responderme, tras rebuscar en su bolso me ofreció el folleto de la promoción para ir en helicóptero al Gran Oeste Galáctico. Estaba borracho, y firmé un papel lleno de líneas que resultaron ser la letra pequeña de un contrato de exploración a tiempo real, "sin incluir opción supercuerda". ¿Os imagináis como me reí cuando, a la mañana siguiente, tras despertarme y prepararme el desayuno, me encontré con el contrato en las manos?
La cuestión es que era un verdadero contrato, y ahora llevaba dos días sin dormir en un helicóptero donde el conductor, que era Dimitri, parecía invencible tras los mandos.
Al llegar a cierto punto de las montañas descubrimos que todo era rojo: ¡era como estar envuelto en pólvora o azufre! Y flotaban cosas en el aire. Había moléculas de polvo que no eran moléculas, sino arañas casi invisibles que no parecían necesitar sus telas. Había también sonidos, pero desgarradores. Venían de gargantas que parecían humanas, pero a la vez sonaban como máquinas. Un descubrimiento para los sentidos.
¡Ja, pero menuda sorpresa nos llevamos cuando unos seres verdes nos salieron al paso besando la tierra, sonriendo con los ojos y diciéndose unos a otros rumores al oído!
¡Qué fuerte!: nos tendieron una alfombra roja por el suelo y nos dijeron: "¡¡Como en Hollywood!!", todos juntos al unísono. Como no sabíamos qué hacer, en parte porque creíamos que los días sin dormir nos estaban afectando, ¡se acercó uno de los seres, que iba con corbata por encima de la piel, y con voz de actor de cine nos dio paso a su galería!...
...
Seguimos en contacto
Hubo un tiempo en que otros cantaron, tocaron instrumentos, bailaron. Generaciones más tarde, siglos más tarde, la armonía de sus acordes nos puede hacer cambiar, sentirnos diferentes, incluirnos como huéspedes en entornos de leyenda, donde eran otros los parámetros.
Seguimos en conexión. Si queremos, en lugar de confiar en la posibilidad de vida en el espacio exterior, podemos atravesar lo que otros han dejado. Podemos recrearnos en la historia y su música. Podemos relativizar nuestra tristeza, nuestros argumentos, nuestro yo, porque son simplemente actuales.
Seguimos en conexión. Si queremos, en lugar de confiar en la posibilidad de vida en el espacio exterior, podemos atravesar lo que otros han dejado. Podemos recrearnos en la historia y su música. Podemos relativizar nuestra tristeza, nuestros argumentos, nuestro yo, porque son simplemente actuales.
El perro y las sorpresas matinales
Es increíble cuando me doy cuenta de que la mente puede estar en frágil sintonía con el cuerpo. Y que puede ayudar a la imaginación, dando sensualidad a las percepciones.
El perro juega con la arena del parque mientras la niña, que está creciendo, suspira por cosas de la vida que ella ve de colores cuando las piensa.
Tiene un vestido con el que se mueve en una danza que le eleva el ánimo. Si ve pasar a un señor que anda pesadamente, o a una pareja que habla de asuntos cotidianos, se les queda mirando e interpreta.
Cuando interpreta a los demás se comprende a sí misma. Sus deseos son sólo una pequeña partícula si los comparamos con todo lo oculto que hay en las personas.
El perro la observa. Tumbado en la arena, con los ojos adormilados y la cola en continuo balanceo, sus pensamientos también existen. La gran ciudad no es como la pequeña, y donde antes había brisa marina ahora hay viento seco. Pero ahora es verano. La libertad es mayor en el aire. Los niños vuelan con la mente, y el mundo se multiplica según su deseo. Cuando sean adolescentes, el mundo lo harán juntos a conciencia.
A su manera, la niña y el perro son piezas del mundo.
El perro juega con la arena del parque mientras la niña, que está creciendo, suspira por cosas de la vida que ella ve de colores cuando las piensa.
Tiene un vestido con el que se mueve en una danza que le eleva el ánimo. Si ve pasar a un señor que anda pesadamente, o a una pareja que habla de asuntos cotidianos, se les queda mirando e interpreta.
Cuando interpreta a los demás se comprende a sí misma. Sus deseos son sólo una pequeña partícula si los comparamos con todo lo oculto que hay en las personas.
El perro la observa. Tumbado en la arena, con los ojos adormilados y la cola en continuo balanceo, sus pensamientos también existen. La gran ciudad no es como la pequeña, y donde antes había brisa marina ahora hay viento seco. Pero ahora es verano. La libertad es mayor en el aire. Los niños vuelan con la mente, y el mundo se multiplica según su deseo. Cuando sean adolescentes, el mundo lo harán juntos a conciencia.
A su manera, la niña y el perro son piezas del mundo.
Perfiles
Dentro del palacio, los relámpagos (de al menos 400 ultravoltios de potencia) nos anuncian el cataclismo. Las efigies (negras, brillantes, de bronce) tiemblan, y una de ellas es tu vivo retrato.
¡Eh, hay otra que se te parece! Aunque ninguna de ellas tiene pelo y a primera vista parecen idénticas, fíjate: ¡parece tu hermana gemela! Y tú que estabas tan seguro de ser hijo único...
Alégrate. Sería demasiado si tuvieras que soportar el YO de tu propia efigie mirándote bajo la luz ultranatural de los relámpagos. Tan serio, tan demacrado, tan antihéroe. En cambio mira a tu hermana. Parece que disfruta, como disfrutan algunos humanos bajo una tormenta.
¿Qué ha sido eso? ¡No, idiota, mira hacia allá! Una ventana. Detrás ladra un perro. ¡Está a punto de atacarte! Pero mueve la cola. No te hará nada.
No te extrañes de que el perro no sea una estatua. Además, ¿qué crees que fue en la vida anterior?
Qué perro más simpático. Trae algo en la boca. Un periódico. ¡No!: un pergamino. Antes de que te acerques, te gruñe para que no des un paso más.
¿Cómo? ¡Es tu hermana; está acariciándolo mientras te da una pelota y te dice "Tírasela". Le haces caso, y cuando el perro salta hacia la pelota deja el pegamino en el suelo. Vaya, parece un mensaje para ti. Lo firma tu grupo favorito. Quieren saber si estás dispuesto a que te dediquen su nueva canción.
¡Eh, hay otra que se te parece! Aunque ninguna de ellas tiene pelo y a primera vista parecen idénticas, fíjate: ¡parece tu hermana gemela! Y tú que estabas tan seguro de ser hijo único...
Alégrate. Sería demasiado si tuvieras que soportar el YO de tu propia efigie mirándote bajo la luz ultranatural de los relámpagos. Tan serio, tan demacrado, tan antihéroe. En cambio mira a tu hermana. Parece que disfruta, como disfrutan algunos humanos bajo una tormenta.
¿Qué ha sido eso? ¡No, idiota, mira hacia allá! Una ventana. Detrás ladra un perro. ¡Está a punto de atacarte! Pero mueve la cola. No te hará nada.
No te extrañes de que el perro no sea una estatua. Además, ¿qué crees que fue en la vida anterior?
Qué perro más simpático. Trae algo en la boca. Un periódico. ¡No!: un pergamino. Antes de que te acerques, te gruñe para que no des un paso más.
¿Cómo? ¡Es tu hermana; está acariciándolo mientras te da una pelota y te dice "Tírasela". Le haces caso, y cuando el perro salta hacia la pelota deja el pegamino en el suelo. Vaya, parece un mensaje para ti. Lo firma tu grupo favorito. Quieren saber si estás dispuesto a que te dediquen su nueva canción.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Interrogaciones
¿Por qué haces esto? ¿Por qué te pones a escribir, cuando en realidad sólo buscas consuelo? ¿Por qué ahuyentas del camino, a patadas, todas las piedras que tus enemigos te tiraron?
Escucha: yo no te cuestiono. Tampoco te critico. Solamente espero. Mis preguntas van del altavoz hacia adentro, no del altavoz hacia afuera. En cambio, de tu garganta salen acusaciones que nadie entiende.
¿Por qué preferiste jugar tanto en lugar de alegrarme la vida? ¿Por qué intentaste sacar brillo a tus huesos mientras era mi sangre la que cambiaba de color? Una vez fuiste donde yo estaba y empezaste a juzgarme, y eso lo hacías cuando todo había vuelto a empezar. Yo iba por un sitio, tú por otro, y cuando todo volvió a empezar subsanaste el problema como el fontanero que hace correr el agua por las tuberías.
Me he inspirado en ti para perder la cabeza. Me he entusiasmado contigo cuando veía números por todas partes. He aguantado sensaciones negativas y las he convertido en explicaciones para justificar la vida.
Cuando escribo en papel amarillo se abre la puerta, la cassette se detiene porque ha llegado al final, toda la cinta queda ahora a la izquierda, y todo sigue y sigue y sigue. Sigue. Emociona. Arrastra.
Escucha: yo no te cuestiono. Tampoco te critico. Solamente espero. Mis preguntas van del altavoz hacia adentro, no del altavoz hacia afuera. En cambio, de tu garganta salen acusaciones que nadie entiende.
¿Por qué preferiste jugar tanto en lugar de alegrarme la vida? ¿Por qué intentaste sacar brillo a tus huesos mientras era mi sangre la que cambiaba de color? Una vez fuiste donde yo estaba y empezaste a juzgarme, y eso lo hacías cuando todo había vuelto a empezar. Yo iba por un sitio, tú por otro, y cuando todo volvió a empezar subsanaste el problema como el fontanero que hace correr el agua por las tuberías.
Me he inspirado en ti para perder la cabeza. Me he entusiasmado contigo cuando veía números por todas partes. He aguantado sensaciones negativas y las he convertido en explicaciones para justificar la vida.
Cuando escribo en papel amarillo se abre la puerta, la cassette se detiene porque ha llegado al final, toda la cinta queda ahora a la izquierda, y todo sigue y sigue y sigue. Sigue. Emociona. Arrastra.
Enternecidos
Tras oír la pieza titulada Tijeras pianísticas, y tras valorar de forma exhaustiva y exponencial cada segundo, es decir, evaluando en cada sesión los elementos anteriores unidos en conjunto a los siguientes, hemos determinado que es usted el ganador del certamen.
Jamás hemos tenido ocasión de admirar una obra tan delicada pero tan elevada, y nos preguntamos si tal obra es el motivo de que continúe usted vivo a su edad.
Cuando todo el mundo pensaba que estaba usted bajo tierra devorado por los gusanos, sus tijeras pianísticas han emergido como el eterno adiós que cada día nuestras células se dedican entre ellas.
Le agradecemos que siga usted componiendo desde tan lejos, mandando a sus moléculas-copia para que trabajen por usted.
Gracias, gracias, gracias.
Jamás hemos tenido ocasión de admirar una obra tan delicada pero tan elevada, y nos preguntamos si tal obra es el motivo de que continúe usted vivo a su edad.
Cuando todo el mundo pensaba que estaba usted bajo tierra devorado por los gusanos, sus tijeras pianísticas han emergido como el eterno adiós que cada día nuestras células se dedican entre ellas.
Le agradecemos que siga usted componiendo desde tan lejos, mandando a sus moléculas-copia para que trabajen por usted.
Gracias, gracias, gracias.
Órdenes
Lleva el gato contigo a la tienda de animales domésticos, que te vas a mear de risa cuando veas como salta desesperado tras los peces de las peceras.
¿Has visto esa pared de ahí? ¡Tírale una piedra, si eres capaz! Pero no te asustes si ves que se vuelve, retorcido de dolor, el director del colegio.
Echa una moneda en la máquina para lavar los cristales. ¡Pero qué es esto de que el agua salga hacia ti, y no hacia los cristales!
¡Abre la puerta, rápido, tengo que entrar, necesito entraaaaaar!
¿Has visto esa pared de ahí? ¡Tírale una piedra, si eres capaz! Pero no te asustes si ves que se vuelve, retorcido de dolor, el director del colegio.
Echa una moneda en la máquina para lavar los cristales. ¡Pero qué es esto de que el agua salga hacia ti, y no hacia los cristales!
¡Abre la puerta, rápido, tengo que entrar, necesito entraaaaaar!
domingo, 3 de octubre de 2010
Mi relajación
La playa, la arena del mar quema pero ni te das cuenta. Tu toalla es tan amplia que cabrían dos personas. Cuando te estás durmiendo, sorprendentemente sin sudar, ves que te elevas. ¡Te están transportando como en una alfombra voladora! Pero vas lenta, lenta, lenta, por encima de la bahía. De vez en cuando te bajan a la orilla; de vez en cuando te suben a las rocas... que no tocas.
¡Qué pasa!: te echan fuera de la toalla. ¡Ahhh, pero caes en otra que está más abajo! Y caes lentamente, sin darte cuenta, y sientes el aire, y sientes el nuevo olor, porque ahora resulta que cada toalla tiene su olor. El de ésta es a crema bronceadora de zanahoria.
Y así toda la mañana, de toalla en toalla, de toalla en toalla, volando y cayendo. Ja.
¿Qué harás esta tarde? Yo iré a "Bambú for you", a escribir teorías sobre quién me transportaba en el aire.
¡Qué pasa!: te echan fuera de la toalla. ¡Ahhh, pero caes en otra que está más abajo! Y caes lentamente, sin darte cuenta, y sientes el aire, y sientes el nuevo olor, porque ahora resulta que cada toalla tiene su olor. El de ésta es a crema bronceadora de zanahoria.
Y así toda la mañana, de toalla en toalla, de toalla en toalla, volando y cayendo. Ja.
¿Qué harás esta tarde? Yo iré a "Bambú for you", a escribir teorías sobre quién me transportaba en el aire.
sábado, 2 de febrero de 2008
En los huecos
Estoy asombrada. Mucho. Hacía tiempo que no me quedaba sola, y no sé por qué he dejado pasar tanto tiempo sin dormirme mientras estaba despierta.
Arriba, los habitantes duermen. Aquí abajo, yo observo y disfruto. Me acompaña el viento y el frío de fuera, y también ese cosquilleo que seguro que sientes en el estómago cuando observas la noche desde dentro de la propia noche.
Escucho algo. Parecen pasos. No sé... ¡Creo que son perros! Deben de ser silvestres, de esos que no han estado nunca en la ciudad, de los que juegan con las ratas del campo y persiguen a los niños por las callejuelas del pueblo.
En un toque de respiración, en cuestión de décimas de segundo, me ha venido el olor de la moqueta. Aquí, en el rellano de la escalera, hace frío, y me quedo helada cada minuto que pasa... Pero eso es magia, porque resulta que cuando no te proteges del frío y cuando, además, aún puedes soportarlo, las cosas huelen distinto. Un señor bastante viejo que conocí un día cerca de la panadería le estaba explicando a un chico joven que le gustaba "saborear" su cigarro en exteriores, ya que en interiores no es lo mismo, y que eso es más evidente cuando se fuma en pipa. Yo comprendo al anciano.
Es tan estrecho este rellano... Si fuéramos dos, tú y yo, tendríamos que sentarnos pegados, como aquel día que nos quedamos solos después de que mis abuelos y mis primos se fueran a dormir. No hace tanto tiempo, pero me parece una eternidad. Era invierno pero no noté frío. Quizá mi cuerpo sí, pero mi alma estaba encendida entera. Fue aquella noche cuando me propuse no volverme a estresar en la ciudad si no estaba segura de que iba a volver pronto al campo.
Llevo puesto un vestido blanco finísimo, antiguo. Ni siquiera recuerdo de dónde lo he sacado. La cosa es que no tenía previsto quedarme aquí esta noche, pero estaba algo deprimida y pensé en hacer justo lo que estoy haciendo: estar en el campo en mitad de la semana, aunque sepa que mañana vuelvo a mis rutinas de trabajo y de agitación. Realmente disfruto, y mucho. Seguramente tú no sabes bien lo que es esto si estás solo, pero deberías probar.
El salón, ahí tras esa puerta, es muy grande. Cuando esté completamente cansada y congelada, me sentaré en el sofá y, con la puerta cerrada, escribiré. Poco a poco, iré entrando en calor y me dejaré enamorar por el olor a leña quemada de la chimenea, lo cual es una delicia.
Me he traído la libreta y no pienso desprenderme mañana de estas ideas. Cuando vaya en el metro, las leeré y recordaré una vez más que soy persona, que mi tierna infancia está arrellanada en alguna parte de mi conciencia, y que cada momento tropiezo con personas que, en ese sentido, son tan ricas como yo.
Arriba, los habitantes duermen. Aquí abajo, yo observo y disfruto. Me acompaña el viento y el frío de fuera, y también ese cosquilleo que seguro que sientes en el estómago cuando observas la noche desde dentro de la propia noche.
Escucho algo. Parecen pasos. No sé... ¡Creo que son perros! Deben de ser silvestres, de esos que no han estado nunca en la ciudad, de los que juegan con las ratas del campo y persiguen a los niños por las callejuelas del pueblo.
En un toque de respiración, en cuestión de décimas de segundo, me ha venido el olor de la moqueta. Aquí, en el rellano de la escalera, hace frío, y me quedo helada cada minuto que pasa... Pero eso es magia, porque resulta que cuando no te proteges del frío y cuando, además, aún puedes soportarlo, las cosas huelen distinto. Un señor bastante viejo que conocí un día cerca de la panadería le estaba explicando a un chico joven que le gustaba "saborear" su cigarro en exteriores, ya que en interiores no es lo mismo, y que eso es más evidente cuando se fuma en pipa. Yo comprendo al anciano.
Es tan estrecho este rellano... Si fuéramos dos, tú y yo, tendríamos que sentarnos pegados, como aquel día que nos quedamos solos después de que mis abuelos y mis primos se fueran a dormir. No hace tanto tiempo, pero me parece una eternidad. Era invierno pero no noté frío. Quizá mi cuerpo sí, pero mi alma estaba encendida entera. Fue aquella noche cuando me propuse no volverme a estresar en la ciudad si no estaba segura de que iba a volver pronto al campo.
Llevo puesto un vestido blanco finísimo, antiguo. Ni siquiera recuerdo de dónde lo he sacado. La cosa es que no tenía previsto quedarme aquí esta noche, pero estaba algo deprimida y pensé en hacer justo lo que estoy haciendo: estar en el campo en mitad de la semana, aunque sepa que mañana vuelvo a mis rutinas de trabajo y de agitación. Realmente disfruto, y mucho. Seguramente tú no sabes bien lo que es esto si estás solo, pero deberías probar.
El salón, ahí tras esa puerta, es muy grande. Cuando esté completamente cansada y congelada, me sentaré en el sofá y, con la puerta cerrada, escribiré. Poco a poco, iré entrando en calor y me dejaré enamorar por el olor a leña quemada de la chimenea, lo cual es una delicia.
Me he traído la libreta y no pienso desprenderme mañana de estas ideas. Cuando vaya en el metro, las leeré y recordaré una vez más que soy persona, que mi tierna infancia está arrellanada en alguna parte de mi conciencia, y que cada momento tropiezo con personas que, en ese sentido, son tan ricas como yo.